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En El Conferimiento del Doctorado Honoris Causa a Armando Scannone por German Carrera Damas Imprimir E-Mail
23/07/2011

Al conseguir este resultado, con su obra y con la entereza de su personalidad intelectual y cultural, Armando se inscribe en una procesión de hombres notables que han procurado definir lo criollo, y esto en momentos de particular conflictividad.

Universidad Metropolitana
Caracas, 11 de julio de 2011

EN EL CONFERIMIENTO DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA A
ARMANDO SCANNONE

Germán Carrera Damas
Escuela de Historia. U.C.V.

Debo comenzar diciendo que me es difícil hablar de Armando Scannone. Pero procedo a aclarar que me es difícil hacerlo porque deberé comprometer en ello los tres centros de la razón vital en quien, como yo lo hago, reconoce ser un glotón ilustrado, -y va en ello el compromiso del estómago-; quien pretende ser un historiador insobornable, -y va en ello el compromiso del cerebro-; y quien disfruta ser un amigo leal, -y va en ello el compromiso del corazón. No intentaré explicar cómo, en esta situación, puede pretender el historiador ser insobornable ante las fuerzas aunadas del estómago y el corazón. Me bastará con que Uds. consideren, con arreglo a mis palabras, que he intentado tal cosa.

Daré una razón de mi intento que espero sea algo convincente. Ella consiste en que hace ya buen tiempo quise ubicar históricamente la obra de Armando. No con la precisión y la erudición que lo hizo nuestro común amigo el filósofo Antonio Pasquali. Lo hice al sostener que, al igual que toda cultura estructurada cuenta con una gastronomía sistematizada, la cultura venezolana podrá apoyarse, en adelante, en la vasta obra de Armando, iniciada con su Libro rojo, que suelo denominar El libro. Como todos saben, me refiero a Mi cocina, a la manera de Caracas. El tiempo, hecho de la creciente obra de Armando y de nuestras constantes conversaciones, ha ratificado y consolidado esta apreciación del aporte de Armando a la estructuración de la cultura venezolana.

Permítanme desglosar lo dicho. Comencemos por esa noble oficina, -según el decir cervantino-, donde se fragua la salud de todo el cuerpo. Preguntado cierta vez por una amable periodista sobre mi restaurante caraqueño preferido, respondí al rompe: Chez Armando. Le llevó unos segundos comprender, y luego me acusó de ventajismo, pues me valía del privilegio constituido por la amistad de un anfitrión que practica la esplendidez sin ostentación. Un anfitrión que ha deificado la calidad valiéndose de un arma secreta que él denomina mi memoria gustativa. Admití el cargo formulado por la periodista; si bien le advertí que no había omitido el hacer algún reparo, en alguna ocasión, que no viene al caso precisar por cuanto podría malentenderse como un propósito de promoverme al obligante rango de gourmet.

Pero, y aquí, reclama lo suyo el cerebro, el menú de mi restaurante preferido no menciona lo más substancioso y enriquecedor de la oferta: la conversación con Armando. Forma un tejido en el cual lo gastronómico, lo artístico, lo histórico, lo político y lo humano, se armonizan, en un ir y venir durante el cual se van acumulando visiones y opiniones que, por bien pensadas y argumentadas. –iba a decir por bien proporcionadas y condimentadas-, entonan con los platos servidos y los vinos su cortejo. Al finalizar cada uno de estos encuentros, estómago, corazón y cerebro gozan de una feliz digestión; y, lo que es más duradero, de un grato y prolongado recuerdo.

Pensaría mal, -y sin embargo acertaría-, quien asociase el afortunado desenlace de la experiencia gastro-intelectual de la que acabo de hablar, con el afecto que despierta su causante. Sin embargo, creo oportuna una advertencia: auque noble sea ese motivo de afecto, hay de éste otras fuentes, espirituales e intelectuales, que se reúnen, llanamente, en el hecho de comer en buena compañía. Vale decir la compañía de quien pone la autenticidad de su modo de ser por encima de cualquier otra consideración. Pero también la compañía de quien puede congeniar sin menoscabo de su autonomía; y con mutua complacencia.

No obstante lo que vengo diciendo, debo anotar un término de contraste. No lo haré para darle de lo suyo a los suspicaces, en cuanto a la posibilidad de que esté hablando de un hombre sin defectos. Para la perfectibilidad de su humanidad, Armando tiene varios. Me limitaré a confiarles sólo uno: el hoy Doctorado no es aficionado a los alcoholes destilados; declara ser vino militante, o quizás suene mejor decir vinófilo consecuente.

* * * * *

Hasta ahora, en mis palabras dirigidas a recomendar al Doctorando en Gastronomía, han prevalecido el glotón ilustrado y el amigo y admirador sobre el historiador. He dicho, sin embargo, de la contribución de la obra de Armando Scannone a la estructuración de la cultura venezolana. En lo que sigue hablará solo el historiador, para decirles que no se detiene en lo dicho la proyección histórica de la obra del Doctorando. Se extiende a que si bien el criollo-universalismo de Armando llama a la emulación, en ambos terrenos él juega con la ventaja de haber logrado conciliar las fuerzas de ambos universos culturales, poniéndolas al servicio de la consolidación, la preservación y el enriquecimiento de lo criollo; esto como producto de vida y obra integradas en una condición de venezolano ejemplar.

Al conseguir este resultado, con su obra y con la entereza de su personalidad intelectual y cultural, Armando se inscribe en una procesión de hombres notables que han procurado definir lo criollo, y esto en momentos de particular conflictividad.

En uno de esos momentos Rafael María Baralt intentó definir el carácter nacional cuando, luego de las terribles guerras de Independencia, al criollo venezolano le fue necesario buscarse así mismo, pasado el torbellino y todavía envuelto en sus secuelas de violencia. Al emprenderse esa búsqueda se quiso también restablecer la base para la edificación y la consolidación de la cultura criolla, que lucía atrapada entre una condición colonial que se resistía a ser pasado y el nada estimulante precedente inmediato de una guerra a muerte que condenaba la esencial hispanidad del criollo. Entre los participaron de esa búsqueda ocupan lugar destacado novelistas y poetas, también noveles sociólogos y comenzaron a incorporarse, ya en la transición de los siglos XIX a XX, cultores de la cocina y adelantados de la gastronomía, que, todos, dieron su aporte de pioneros, nada desdeñable.

Otro momento ocurrió cuando, ya en la segunda mitad del siglo XX, la cultura criolla venezolana hubo de asumir la afluencia enriquecedora de diversas culturas, representadas también por sus respectivas cocinas, bagaje de la inmigración masiva. Creo que no exagero al afirmar que la desproporción de fuerzas entre esas cocinas, secularmente formadas, y la todavía naciente cocina criolla, parecía ser abrumadora, con efectos profundos en nuestra cocina, y por ende en la cultura criolla.

Felizmente para el desarrollo de nuestra cocina, es justamente en estos momentos cuando se producen dos contribuciones que la fortalecen, y garantizan su perduración en el ámbito de una cultura criolla enriquecida en su estructuración, sistematización y fundamentación. Armando Scannone, abrió camino, con creativa determinación, al sistematizar la cocina criolla afirmándola en su condición mestiza, y desarrollándola, no sólo al rescatar su sorprendente diversidad; sino también al preservar sus genuinos sabores y texturas. La otra contribución está representada por la fundamentación histórica sistemática de la cocina y la gastronomía criollas, inaugurada y desarrollada, con creatividad y rigor profesionales, por José Rafael Lovera, historiador.

En las dos ocasiones críticas mencionadas, el refuerzo dado a lo criollo, en una de sus expresiones culturales esenciales, llegó en momento crucial. Felizmente para la cultura criolla generada históricamente por la sociedad venezolana, ella puede enfrentarse hoy con más firmeza y confianza de prevalecer, cuando, confabulados, el manido antihispanismo, el falaz indigenismo y el adoptado y no menos falso africanismo, son empleados para demeritar la cultura criolla; e incluso para tratar de minar sus bases históricas mediante el falseamiento de la conciencia histórica de los venezolanos.

Dicho esto, me pregunto ¿es razonable afirmar que todo cónclave gastronómico, por gestarse en él un propósito de superación espiritual e intelectual, es esencialmente humano? Déjenme creer que también este que nos reúne se corresponde con esa suerte de ley ennoblecedora.

No abundaré en razones. Lo diré sintéticamente: al otorgarle el Doctorado honoris causa al Dr. Armando Scannone, reconociendo …..”su significativa labor en la creación y formación de conciencia de valor del patrimonio gastronómico venezolano”…., esta Honorable Casa de Estudios distingue, merecidamente, a un humanista.

* * * * *

Cerraré con una advertencia. Si hubiere alguien que dudare de que fuese acertada esta última proclamación, permítanme recordarle la manera como Erasmo pudo considerar que el saber componer una ensalada era un encomiable rasgo de personalidad, al elogiar a Stephen Gardiner, futuro obispo de Winchester, en estos términos: ..."< >".... También, recordaré que aquel humano humanista fue capaz de describir, en un arrebato de lirismo, su descubrimiento de las virtudes del buen vino de Borgoña, al declarar: <

A mi vez, y sin que ello pretenda establecer un parangón, diré que el de Armando es un humanismo cocinado a fuego lento; es decir, a la manera propia de los grandes platos.

Caracas, junio-julio de 2011.

 
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